Como una explosión de luz se deja ver
una respuesta evidente que nadie pronuncia
y se hace presente cual vórtice de un torbellino
que arrastra certezas,
mientras aprendemos, tarde, a pedir ayuda.
Evitar perder se vuelve un rezo constante.
Es como un intenso deseo...
ese deseo que cuando late en la sombra,
es luz que no vemos,
mas que anhelamos en secreto.
¡Ay! Entre el triunfo y el fracaso caminamos
con la frágil calidad de conciencia
que nos nombra con una voz
que llega de muy lejos
y nos habla de grandes diferencias
que nos separan entre unos y otros.
Y aun así dejamos estelas a nuestro paso
como pactos silenciosos
mientras caminamos hacia la inmortalidad.
¿O quizá sean sólo ideas equivocadas
que florecen entre la duda y la desesperanza?
¡Esperar el fin no quiero!
¿Quién marca la ruta en este extravío?
Somos vulnerables, aunque finjamos abrigo.
Súplicas sordas caen al vacío
mientras un punto de quiebre
nos atraviesa de golpe el alma
y me cuesta entender si es caída o final.
Acaso, ¿no será posible otro camino?
¿Otra forma de nombrar la herida abierta?
¡Ay! La locura tiene matices en toda crisis
y en su caos también algo se despierta:
¡El odio!
¡Cuánto desorden habita en lo humano!
¡Remover cenizas es volver a arder!
Una tristeza infinita nos cubre por dentro
mientras nuestra dignidad
se resiente sin saber por qué.
Mientras nuestras creencias están a prueba,
desnudos estamos ante el altar
del caos y del miedo latente.
Y es que cuando el amor ahuyenta al miedo,
el miedo ahuyenta no sólo al amor,
sino también a la inteligencia, la bondad
y a todo pensamiento vestido
de belleza y verdad...
hasta llegar a expulsarnos
de nuestra propia humanidad.
Mientras un gran temor nos envuelve el alma
y nos tiene atados de pies y manos,
aún así seguimos, tercamente
porque en medio del derrumbe moral
una mano invisible nos ayuda a levantarnos
en este laberinto de preguntas sin respuestas
porque el hombre que se levanta
y que levanta su mirada al cielo
es más grande que sus propios miedos.
MARiSOL