
Alzo la mirada mientras el destino me exige a no ser
indolente, sino, más bien, valiente. Pero como no sé que más decir, prefiero mantenerme en
silencio mientras el destino, el mío, me alarga la mano a través de un
cielo despejado, sin nubes en su rostro milenario. Y mientras intento traducir en
palabras lo que siento, soy incapaz de formular una frase sensata
porque no tengo la fórmula mágica para expresar mis ideas de manera sencilla y
con claridad. ¡Ay! Soy un desastre aunque no te convenza lo que acá escribo
por más que yo trate de grabar con un cincel en tu mente, querido
ausente, cada una de mis palabras porque mis sentimientos han dejado de
mover el mundo ... ese mundo donde ni tú ni yo tenemos más cabida. ¿Qué debo
decir o dejar de pronunciar para que tú me entiendas? Tal vez deba calibrar el peso de la
configuración acústica de mis ideas para que ese peso agobiante no te
aplaste del todo aunque mi conciencia me haga saber que la opinión del
mundo me tiene sin cuidado. Y mientras las circunstancias
de la vida me hacen tomar decisiones, el que decide es mi carácter
aunque yo me afane en describir el carácter de otros y el tuyo también
porque no estoy dispuesta a hacer concesiones sin fuerzas, ni a crear
dudas sin autenticidad. Convertirme en enemiga de mis propias opiniones o
de las tuyas no quiero. Prefiero mantenerme en contacto con la
ignorancia de mis propios dilemas ya que uno de ellos eres tú aunque mis
sentimientos contradigan a mis pensamientos, así nazcan ellos de mi
corazón y sean sólo el resultado de lo que pienso así mi mente sea
compleja y no sepa todavía descifrar el secreto de la felicidad por más
que mi intención no sea disminuir la tuya porque tú mereces ser feliz
mientras yo busco mi felicidad en la tuya sin hacerme más la pregunta si sólo vivo o si yo estoy, por fin, aprendiendo a saber vivir ... sin ti.
MARiSOL
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