Cuando el sol se inclina besando el horizonte...
ese horizonte que está en los ojos y no en la realidad,
el pulso vibrante de la tierra distante
se vuelve, poco a poco, más suave
en nuestra cansada memoria.
Y mientras el cielo en fuego lento de naranja y carmesí
en voz baja susurra:
"todo está bien aquí, mas no sé si allá también",
las hojas de los árboles se aquietan en un murmullo leve
mientras el lago canta lo que la tarde escribe
para no morir de pena.
¡Ay! Cuando las sombras de la muerte se alargan
como viejos recuerdos que saben esperar,
el viento decide abruptamente ya no correr,
y, más bien, prefiere caminar despacito
acariciando los campos de batalla con su paso bendito.
Y mientras el mundo, por un instante,
deja de luchar, diciéndome:
"aprende del crepúsculo la forma de callar",
entonces, nace la paz, callada y verdadera,
como luz que se queda cuando el día se aleja
porque será con el último brillo dorado del sol,
que mi corazón descansará y respirará mejor.
MARiSOL
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